EL PAÍS  -  Sociedad - 11-09-2005

Desconcierto, consternación e ira son los sentimientos que ha despertado el informe de la Organización de Naciones Unidas (ONU) sobre Chernóbil en numerosos científicos y ecologistas de los países afectados por la tragedia ocurrida en 1986 en la central nuclear situada en Ucrania.

El documento elaborado por siete agencias de la ONU -entre ellas la Organización Mundial de la Salud- y cuya redacción contó con el apoyo de los gobiernos de Bielorrusia, Rusia y Ucrania, rebaja sustancialmente el número de las personas que han muerto y de las que lo harán a causa de la radiación. Establece que unas 4.000 fallecerán como consecuencia del siniestro y fija en sólo 59 el número de ciudadanos que han muerto hasta ahora por las radiaciones que provocó el accidente de esa planta. Quienes están en desacuerdo con ese informe coinciden en que ha sido elaborado por partes interesadas, ante todo por quienes apoyan el desarrollo de la energía nuclear y desean impulsar la construcción de nuevas centrales atómicas.

Natalia Preobrazhénskaya, experta de la Comisión Nacional para la Defensa de la Población contra la Radiación adjunta al Parlamento ucranio, sostiene que se trata del tercer intento de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA, agencia de la ONU) de negar las consecuencias de Chernóbil. "Los especialistas de la AIEA mienten, como lo hicieron en los informes anteriores contra los que se rebeló la comunidad mundial. En realidad defienden los intereses del gran negocio nuclear", señala Preobrazhénskaya.

El cáncer de tiroides (el informe de Naciones Unidas señala que el 99% de quienes lo sufrieron está curado) no es la única enfermedad relacionada con Chernóbil: las personas que estuvieron expuestas a la radiación, que han estado o continúan estando expuestas durante largos periodos a pequeñas dosis desarrollan leucemia y otros cánceres, enfermedades cardiovasculares o deficiencias del sistema inmunitario, destacan algunos expertos. Según cálculos de científicos ucranios, el cáncer de tiroides sigue en aumento (en los primeros 10 años después de la catástrofe aumentó en 36 veces en Bielorrusia, por ejemplo) y para 2010 habrá más de un millón de personas atacadas por esta enfermedad.

Alexéi Yáblokov, líder del Partido de los Verdes de Rusia y fundador del Centro de Política Ecológica, asegura que el informe "desvirtúa drásticamente el estado real de cosas". "Por ejemplo, no es verdad que el índice de mortalidad entre los liquidadores [las personas que fueron enviadas a la zona de Chernóbil inmediatamente después del accidente para paliar la catástrofe] corresponde a la mortalidad media de Ucrania, Rusia y Bielorrusia", asegura. "Si la comparamos con la mortalidad por grupos de edad, resultará que es varias veces mayor, lo que significa que decenas de miles de personas murieron prematuramente", prosigue

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"También son decenas de miles las víctimas de cánceres provocados por Chernóbil en los territorios contaminados. Está comprobado el sustancial aumento de los abortos involuntarios después de la catástrofe, así como el aumento de la mortalidad infantil en esas regiones en los años que siguieron al accidente de Chernóbil, lo que ha significado miles de víctimas más", añade Yáblokov

. Afirma que los estudios científicos muestran que cerca de la mitad de los nacidos cuyas madres estuvieron expuestas a la radiación de Chernóbil durante el embarazo sufren de deficiencias en su desarrollo mental. "Esos niños también suman decenas de miles. Y no hay que olvidar que las consecuencias genéticas continuarán durarán siete o diez generaciones".

La verdad, según Yáblokov, es que las víctimas de Chernóbil suman cientos de miles. Sostiene que el lema "es hora de olvidar Chernóbil", lanzado por los partidarios de la energía atómica, "es de un gran cinismo si se tiene en cuenta el acuerdo firmado entre la AIEA y la Organización Mundial de la Salud en 1959 y según el cual esta última tiene que coordinar con aquélla su posición en lo que se refiere a la energía nuclear. Mientras no se denuncie ese vergonzoso acuerdo no se puede creer en las conclusiones de la OMS", concluye.

Para Vladímir Chuprov, jefe del programa antinuclear de Greenpeace-Rusia, el informe es "un intento de lavar el cerebro a la gente con el fin de justificar la construcción de nuevos reactores en todo el mundo, incluidos países con regímenes políticos inestables". "La ONU se ha convertido de hecho en instrumento de apoyo a los intereses del lobby atómico internacional", denuncia.

Por su parte, Viacheslav Grishin, presidente de la Unión Chernóbil de Rusia (organización que agrupa a las víctimas desde 1989), también asegura que las consecuencias son mucho más complejas de lo que quiere reconocer la AIEA. "No solamente hubo radiactividad alfa, beta y gamma, sino también fuga de otros elementos. Además, sobre la central lanzaron sustancias químicas nocivas, por ejemplo plomo, para enfriar la temperatura en la zona del reactor. Por eso, las consecuencias del accidente de Chernóbil no se reducen a cánceres y enfermedades cardiovasculares. Muchos han desarrollado dolencias pulmonares", dice. "Tampoco debemos olvidar los desórdenes mentales: hay muchos suicidios entre quienes sufrieron la radiación de la central nuclear", prosigue. "El estrés y la angustia, como consecuencia de la explosión, son también algunas de las causas que provocan enfermedades psicosomáticas", añade el presidente de la organización de víctimas del accidente.

"La verdad es que el informe de la ONU abre viejas puertas y viejas heridas. Ya antes se afirmaba que las consecuencias de Chernóbil no eran tan graves. Ahora tendremos que continuar una discusión que ya creíamos finalizada y encargar nuestro propio estudio a científicos independientes", se lamenta el líder de la Unión Chernóbil de Rusia. El documento auspiciado por la ONU es "injusto", prosigue este responsable. "Lo peor es que provocará nuevo estrés y dificultades en la gente que ha sufrido y sufre las consecuencias de aquella catástrofe", añade. "Además, el informe tiene consecuencias políticas: es equivalente a no reconocer la gran desgracia que significó la explosión en Chernóbil y, para los Gobiernos, supone una oportunidad de liberarse de toda responsabilidad por lo ocurrido y de los compromisos asumidos hacia quienes están viviendo en carne propia los efectos del accidente en la central nuclear ucrania", concluye Grishin.