El río Tinto atrae el rojo del agua y, de su entorno, atrapan los parajes espectrales de los vaciaderos de hierro y ceniza, el colorido de las balsas que contienen las aguas del lavado del mineral, las montañas sajadas y las perforaciones gigantescas practicadas hasta el mismo corazón de la tierra para arrancarle, siglo tras siglo, los metales. ¿Río muerto? No, con otra forma de vida.

huelva


El paisaje del río Tinto sólo puede ser marciano. Baja con un caudal de agua roja entre montañas de escorias negras, grises y violáceas, enormes cráteres motean el terreno inundado por aguas ácidas y vertidos de todos los tonos. Es lo más parecido al planeta Marte en la Tierra, un espacio teñido de tonos rojos, añiles, celestes, pajizos... Mientras otros cauces crean paisajes bellos, espectaculares o sorprendentes, lo que más atrae del Tinto es ese manantial de agua roja como la sangre que brota de la sierra del Padre Caro, junto a la Peña del Hierro, y baja hasta la desembocadura en el Atlántico. En su trayectoria recibe abundantes aguas de cauces transparentes, pero les puede el hambre oxidante de las bacterias del Tinto, a todas las tiñe de su grana.

Fenicios y romanos lo llamaron Urbero, el río que quema. Para los árabes fue el río Tinto de Azije (caparrosa) por el compuesto de sulfato de hierro y cobre que depositaba en sus orillas. Todas las civilizaciones, desde el calcolítico hasta anteayer, extrañadas de su color inquietante, lo contemplaron con una mezcla de veneración, temor y recelo. Ninguna desaprovechó sus riquezas de oro, plata, cobre... Pero siempre se le creyó un río muerto, contaminado por las minas hasta la saturación de hierro en disolución, caudal ácido, desahuciado. Toda la tabla periódica está presente en río Tinto. Ningún animal se acerca a beber en sus aguas, que contienen hasta 20 gramos de metales por litro en la cabecera del río, y en su cauce solamente reposan las piedras teñidas.


Fue considerado un río condenado hasta que un equipo de científicos dirigidos por el profesor Ricardo Amils lo miró con otros ojos y descubrió que alberga curiosas formas de vida, que el color rojo no es contaminación minera, sino fruto de la actividad de microorganismos perfectamente adaptados a ese medio, seres capaces de aprovechar las altas concentraciones de hierro como alimento. El río Tinto no es fruto de la degradación de la naturaleza por la actividad minera, sino otra naturaleza. Ya era así hace más de un millón de años, por lo tanto mucho antes de que empezaran las primeras extracciones mineras tartésicas. La suya es distinta forma de vida, primitiva. Existencia terrestre, aunque en condiciones semejantes a las que el hombre podría encontrar en Marte, el planeta rico en hierro.

¿Vida en Marte? Lo que ponen de manifiesto los hallazgos del Tinto es que hay vida en lugares con gran cantidad de ácido sulfúrico y muchos metales en disolución, algo que antes se tenía por imposible. De ahí surgió la necesidad de conocer mejor este extraño río y buscar en él fenómenos que podrían ser útiles para futuras exploraciones del planeta hermano. El Centro de Astrobiología, en colaboración con la NASA, ha experimentado en el Tinto cómo encontrar formas de vida en condiciones extremas. Nadie aventura que en el subsuelo de Marte vivan hongos y bacterias (hasta 1.200 especies de hongos) similares a las halladas por los científicos en la cuenca del río rojo. Lo que dicen es que si hubiese vida en Marte, sería más parecida a esos microorganismos acidófilos del Tinto que a cualquier otra que se encuentre en la Tierra.
 


El agua y la energía son imprescindibles para cualquier forma de vida, apuntan los expertos, pero, al contrario que en la Tierra, en Marte el agua sería exclusivamente subterránea, y la energía, de origen químico, como en el río Tinto. Ricardo Amils, profesor de Microbiología de la Autónoma e Madrid y científico asociado al Centro de Astrobiología, reveló que las condiciones extremas del río “son debidas a la actividad metabólica de los microorganismos y no a imposiciones geofísicas del medio”. Más aún, lo que ocurre en el Tinto no es que contenga formas de vida adaptadas a resistir en condiciones extremas, sino que son elementos activos del sistema, creadores de las condiciones en las que viven. Otro aspecto sorprendente del Tinto es que se trataría de una muestra de las formas de vida que hubo en la Tierra hace miles de millones de años. Seres mucho menos dependientes que otras formas de vida y sin otra fuente de energía que los sulfuros metálicos. Microorganismos capaces de dar forma a 100 kilómetros de río.

Las semejanzas entre el río Tinto y Marte no paran de crecer conforme avanza el conocimiento del planeta rojo. “El reciente descubrimiento de metano en la atmósfera de Marte encaja perfectamente con las características detectadas en el río Tinto. Si el Tinto es el río del hierro, Marte es el planeta del hierro”, sostiene Amils. El robot teledirigido del proyecto Marte (una colaboración entre el Centro de Astrobiología y la NASA) ha servido para demostrar que la tecnología está madura. Ha realizado en la zona trabajos de perforación hasta siete metros de profundidad y probado un instrumento que permitiría detectar “firmas” de seres vivos en el subsuelo marciano. Los científicos han perforado la franja pirítica ibérica hasta 170 metros de profundidad para confirmar que actúa como un potente reactor alimentado por organismos que prescinden del oxígeno y que genera hidrógeno en grandes cantidades.

Si el Tinto es un río para microorganismos en condiciones extremas, la cuenca minera también acogió durante siglos a seres humanos que sufrieron lo indecible y convirtieron el territorio en un lugar desquiciado. Un recorrido por la cuenca del Tinto y por la franja pirítica pone de manifiesto que el hombre, a base de sangre y dolor, es capaz de provocar efectos similares a los de un volcán, perforar las entrañas de la tierra con gigantescos cráteres, lanzar a la atmósfera nubes de cenizas, gases y lavas, arrasar valles y poblados. Muy atrás quedan Tartesos y el imperio romano, que introducía en las galerías hasta la muerte a hombres y niños para extraer el mineral. Todavía se observan los restos de la calzada romana que cruzaba la sierra.

Los últimos grandes explotadores de estas minas, desde 1873 hasta 1954, fueron los ingleses de la Río Tinto Company Limited. Gentes de extremado refinamiento que, sin embargo, no dudaron en quemar el mineral a cielo abierto, un método prohibido en su país 24 años antes por la toxicidad de las nubes de humo, “la manta”, y por las lluvias ácidas que ocasionaba. La vegetación de amplias zonas de las sierras de Huelva y Sevilla desapareció por completo, y los médicos certificaban que sus habitantes morían simplemente por “males de vida” o por “falta de vida”. En Riotinto nació la primera Liga Antihumista, y allí tuvo lugar, en 1888, la que está considerada como primera revuelta ecológica de la historia, con alrededor de 200 muertos por disparos del ejército. En una situación propia de régimen colonial, la compañía reinaba en la comarca, ponía y quitaba alcaldes y gobernadores o echaba mano de matones.

Quedan noticias de las duras condiciones que soportaron los habitantes de Riotinto y de sus localidades cercanas, cubiertas muchos días del año por la “manta” de nubes (óxido de azufre que en contacto con la humedad se convertía en ácido sulfúrico) que les asfixiaba. El humo procedía de cientos de conos, las temibles teleras, en cuyo interior introducían el mineral con leña para provocar la lixiviación del cobre. La mina de Riotinto era en aquellos años la principal empresa de España, que no española, con alrededor de 16.000 trabajadores llegados de todos los puntos del país. Pero nadie podía faenar en la mina los días en que la “manta” extendía su densidad irrespirable por la comarca y la compañía, responsable de aquellos hornos de muerte, no pagaba los jornales. Corrían en los palacios del país tiempos de restauración borbónica; en las calles, agitación anarquista; elas tabernas, aguardiente seco de matalahúga, y sobre las mesas, pan de centeno.

La revuelta popular de Riotinto fue fruto de los pésimos salarios, la dureza de los trabajos mineros, la insalubridad del humo y la toma de conciencia política a raíz de la llegada a la comarca de Maximiliano Tornet, un trabajador anarquista cubano-catalán. Convocados por la Liga Antihumista, los obreros se concentraron ante el Ayuntamiento el día 4 de febrero de 1888 en demanda de mejores condiciones de vida, pero la respuesta de la compañía fue ordenar al gobernador que el ejército abriera fuego contra la multitud. Decenas de cadáveres fueron cargados en los vagones del mineral y arrojados de noche al mar, a cien kilómetros de distancia. Nadie se atrevió a reclamar a sus muertos porque eso suponía quedarse sin trabajo en la mina. La historia de aquella matanza ha permanecido bajo un silencio infamante, si bien en la comarca del Andévalo siempre quedó alguien que guardaba la memoria del “año de los tiros”. Hay dos novelas sobre lo ocurrido, “El año de los tiros”, de Rafael Moreno, y “El corazón de la tierra”, de Juan Cobos Wilkins, y una película con el segundo título, dirigida por Antonio Cuadri.

Los ingleses introdujeron el modo de explotación mediante enormes cortas. En la franja pirítica quedan cinco grandes heridas, la mayor de ellas con el nombre de corta Atalaya. Si el hombre se sintió alguna vez importante sería después de asomarse a la altura de la corta Atalaya, la mayor mina de cobre de Europa a cielo abierto. Obra de titanes. Una desmesura de 1,2 kilómetros de diámetro y 335 metros de profundidad cuya mera contemplación da vértigo. El corazón de la tierra ante los ojos. Pero si alguna vez el hombre se sintió insignificante sería después de mirar el mundo desde el fondo del mismo agujero. Vista desde lo alto, la vieja locomotora que quedó atrapada en mitad de la ladera cuando acabó la extracción de mineral parece del tamaño de un juguete abandonado por Vulcano, el dios del fuego y los metales.

A los ingleses se debe el ferrocarril, construido en el tiempo récord de dos años, que iba de la mina al embarcadero de Huelva. Ellos no dudaron en hundir el viejo pueblo minero para aprovechar la veta que seguía debajo de las casas. El filón sur se comió al pueblo. Los patrones erigieron otro pueblo al estilo de los campamentos militares y, separadas por un muro, lujosas viviendas de estilo victoriano para sus directivos (todas en pie en el barrio de Bella Vista), un hospital para los heridos y para los cientos de asmáticos que ocasionaban los humos. Trajeron el fútbol (el Recreativo de Huelva es el club más antiguo de España) y el golf, cuyo primer campo tuvo el nombre de North Lode Golf Club. En 1954, el gobierno español expropió la mina, cuya vida se prolongó treinta años más, pero entonces los trabajadores empezaron a echar de menos a sus antiguos patrones.

Sólo el silbido del viento altera ahora el silencio espectral que se ha adueñado de las galerías y los taludes donde antaño atronaban las máquinas y resoplaban los hombres arañando el cobre de las montañas. La mina, que en tiempos fue semejante a un descomunal hormiguero presa de febril actividad, quedó abandonada. La visitan de vez en cuando pequeños grupos de turistas en busca de estos extraños parajes.

Cinco mil años después de los primeros trabajos mineros, tamaño sufrimiento, la vida se ha vuelto por fin amable para la mayoría de los habitantes de la comarca del Andévalo. El río rojo ya no es visto como un espacio tan inhóspito. Ha sido declarado espacio protegido porque ahora es considerado otra forma de naturaleza que merece la pena mantenerse así. Río inclasificable. Los voraces microorganismos siguen su labor de oxidación de los metales, mientras los seres humanos sueñan que este río de Huelva es una muestra de Marte en la Tierra.

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