DOMINGO - 11-09-2005

Las aguas del río Misisipi, del lago Pontchartrain y del golfo de México rodean Nueva Orleans. Debido a que buena parte de la ciudad está bajo el nivel del mar, ha dependido siempre de un amplísimo sistema de diques, canales y estaciones de bombeo para contener la amenaza de la que, voluntariamente, ha querido rodearse. Las 148 bombas sacan continuamente agua de la ciudad, agua que se conduce, a través de 560 kilómetros de canales, al lago. Para el Cuerpo de Ingenieros del Ejército, responsable de la canalización y control del Misisipi y del envejecido sistema de diques, lo ocurrido cuando se rompieron los diques por la fuerza del huracán Katrina no ha sido ninguna sorpresa: la mayor parte de las paredes que contienen el lago por la zona norte de la ciudad estaban diseñadas para resistir huracanes de categoría 3. Katrina tenía categoría 4.

Los recortes presupuestarios de los últimos 30 años -pero no sólo eso- han impedido completar los proyectos de refuerzo de los diques, y el desbordamiento y las brechas abiertas por el agua han desembocado en el peor desastre natural de la historia de Estados Unidos, posiblemente con miles de vidas perdidas y más de 160.000 casas destruidas.

 

Por motivos económicos
¿Por qué Nueva Orleans se construyó, en 1718, y se desarrolló después de manera imparable en esa depresión acuática situada en la huella de los huracanes que cada año descargan su devastadora potencia en el golfo de México? Por lo mismo que Los Ángeles se hizo sobre una falla geológica y por lo mismo que se erigieron la mayoría de las ciudades en Estados Unidos: por razones económicas. Los franceses que fundaron la ciudad ya empezaron a construir diques en la zona pantanosa del delta del Misisipi, el "gran río" que recorre 3.733 kilómetros desde el lago Itaska hasta su desembocadura en el golfo de México. Durante el siglo XVIII y parte del XIX, antes de la expansión del ferrocarril, el comercio interior de Estados Unidos giraba en torno al Misisipi y las exportaciones de algodón, trigo y azúcar llegaban a Nueva Orleans.

 

El comercio enriqueció a la ciudad. El crecimiento -a pesar de los huracanes y las inundaciones- atrajo a más gente. La parte más antigua de la ciudad es la que se edificó al sur, a orillas del Misisipi; allí, la sedimentación del río había creado zonas elevadas, los llamados diques naturales. Por esa razón, ni el barrio Francés ni el Garden District han sido prácticamente afectados. Pero, a medida que la ciudad creció, se construyeron casas en zonas bajo el nivel del mar, entre el río y el lago. El agua se bombeó, y el terreno cedió aún más.

 

Cuando, como ahora, se desbordan los diques que protegen la ciudad del lago, el líquido reclama el lugar que ocupaba antes. La olla de Nueva Orleans impide que el agua salga de forma natural; si las bombas no funcionan porque hay una crisis generalizada, como la que causa un huracán, la trampa mortal está servida.

 

Durante 200 años la tecnología ha servido para construir diques y ganar tierra al agua. Hoy el Misisipi sigue siendo una arteria vital para Estados Unidos, a través de la que circulan cada año 500 millones de toneladas de carga, y el complejo de puertos de Luisiana es el mayor del país y decisivo en la industria petrolera. Los diques y canales se hicieron para explotar esta arteria y tratar de evitar las grandes catástrofes de las crecidas, como la que en 1927 costó la vida a miles de personas.

 

La intervención humana ha tenido éxito en líneas generales, porque desde 1927 las grandes inundaciones se han podido controlar. Pero domar a la naturaleza, aunque tiene recompensas, supone también riesgos: la disminución de los sedimentos en el delta, por la canalización y los diques, ha erosionado salvajemente el ecosistema de islas y pantanos que protegen la ciudad de los huracanes: las aguas saladas del golfo de México se comen la costa. Lo extraño no es que Katrina haya hecho saltar por los aires el frágil equilibrio de Nueva Orleans; lo extraño es que no haya ocurrido antes.

 

Esta catástrofe estaba pronosticada casi hasta los mínimos detalles. Shirley Laska, del Centro de Valoración, Respuesta y Tecnologías de Riesgos de la Universidad de Nueva Orleans, escribió hace un año una reflexión sobre lo que podría haber ocurrido en la ciudad si el huracán Iván no se hubiera desviado en el último momento hacia Alabama: "Habría habido una crecida de cinco o seis metros en el lago Pontchartrain (...) A causa de esta crecida se desbordarían los diques y el agua iría a parar a las partes bajas de la ciudad".

 

La investigadora estimó que "hasta el 80% de las estructuras en esas zonas inundadas serían severamente castigadas por el viento y el agua", y que podrían morir miles de personas.

 

Frágil franja costera
¿Por qué estas consecuencias? "Porque existe un sistema de diques que es incapaz de responder a la amenaza de inundaciones facilitada por una franja costera que se deteriora a toda rapidez y que no puede evitar el progresivo hundimiento del terreno", según Laska.

 

La sedimentación natural de los desbordamientos afianzaba el terreno. Desde que los diques se elevaron -después del desastre del año 1927- ha habido muy pocas inundaciones, pero tampoco hay sedimentación. La ciudad, que ya está entre dos y tres metros bajo el nivel del mar, se hunde un metro cada siglo, a lo que hay que añadir el efecto del calentamiento global sobre el nivel de los océanos.

 

El informe de Shirley Laska es uno de los muchos que llamaban la atención sobre la extrema vulnerabilidad de Nueva Orleans. ¿Cambiará la ciudad el sistema de diques y bombas y seguirá las experiencias de otros lugares en los que la tierra habitada está por debajo del agua?

 

Hace cinco años se discutieron varios planes para recuperar las barreras naturales y reforzar los diques, pero todos ellos parecían caros, tanto a Washington como al Estado de Luisiana. Ahora, los 14.000 millones de dólares (unos 11.000 millones de euros) en los que se valoraban las soluciones propuestas suponen un precio ridículo al lado de los costes humanos y económicos del Katrina.

 

El Cuerpo de Ingenieros inició en 2000 un estudio sobre los 560 kilómetros de diques de Nueva Orleans para estudiar la posibilidad de reforzarlos y que fueran capaces de soportar las lluvias y los vientos de los huracanes de fuerza 4 y 5. El estudio está sin concluir y, de aprobarse, se ejecutaría a lo largo de una veintena de años, según Alfred Naomi, responsable del Cuerpo para los proyectos de Nueva Orleans y uno de los más encarnizados críticos de los recortes presupuestarios del Gobierno. En 2004, Naomi dijo: "El sistema está bien, pero los diques se están hundiendo. Y el problema no es tanto que los diques sean bajos como que los fondos federales se han secado y no podemos elevar las paredes".

 

Pero la realidad es más compleja: según datos revelados por The Washington Post, el Cuerpo de Ingenieros trabajaba en un proyecto de 748 millones de dólares en el Canal Industrial, uno de los lugares en los que el dique cedió; pero el dinero no se dedicó a reforzar las paredes, "sino a construir una nueva compuerta y facilitar un tráfico marino que cada vez es menor". Y aunque las reducciones presupuestarias son reales, "en los últimos cinco años Luisiana ha recibido más dinero de Washington para proyectos de ingeniería civil que cualquier otro Estado".

 

¿Qué hacer?
¿Qué hacer ahora con Nueva Orleans? Es pronto para ese debate, pero la discusión inicial apunta más al tipo de ciudad que se quiere reconstruir que a cambiar el sistema de diques. Las declaraciones de Dennis Haster, presidente republicano de la Cámara de Representantes -"no tiene sentido gastarse miles de millones de dólares en reconstruir una ciudad que está bajo el nivel del mar"-, causaron una furiosa polémica. El 63% de los estadounidenses cree que la ciudad debe reconstruirse, y así lo ha prometido Bush. Y aunque la mayoría lo considere inevitable y no esté en el carácter nacional arrugarse ante las fuerzas de la naturaleza o reconocer la estupidez y la arrogancia que acompañan al desarrollo a cualquier precio, no van a faltar voces como la de Klaus Jacob, un geofísico que enseña en la universidad de Columbia y que ha dicho en The Washington Post que es "el momento de nadar contra la corriente". "Algunos dicen que se pueden elevar y reforzar los diques para proteger a la ciudad, pero hay una desagradable realidad: cuando más altas las defensas, más fuertes serán las inundaciones que, inevitablemente, vendrán". No hay que hacer promesas vacías: "Cuatro metros bajo el nivel del mar con un hundimiento progresivo es inseguro. Ha llegado el momento de deconstruir constructivamente, no de reconstruir destructivamente".